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Pensamientos Sobre... Un Insidioso Asesino

La calidad de vida no tiene nada que ver con las cosas que poseemos o cuánto dinero tenemos (Lucas 12:15) sino con las relaciones interpersonales. En esta vida pasajera en tiempo y espacio todos experimentamos gran felicidad y gran tristeza en las relaciones con nuestros cónyuges, hijos, padres, hermanos, y amigos. Nuestra vida eterna esta basada únicamente en nuestra relación con Jesucristo (Mateo 16:15, Juan 1:12, Juan 3:14-19).

Algunas relaciones son muy estables, otras muy volátiles. Tendemos a pensar que una relación caracterizada por el amor mutuo es una relación que esta viva, y una caracterizada por un odio apasionado, por una o ambas partes, es una relación que esta muerta. Sin embargo, el amor y el odio no son extremos opuestos en la continuidad de una relación, ambos son expresiones de un gran interés. El hombre que patea y grita más fuerte en contra del Señorío de Jesucristo es usualmente el próximo a ser “derretido” por el amor de Dios y es salvado por gracia a través de la fe en Jesucristo. No, las relaciones no mueren cuando el odio esta presente, las relaciones mueren cuando el interés esta ausente. La falta de interés o apatía es el asesino de las relaciones.

Al igual que el autor de la destrucción (Génesis 3:1), la apatía es sutil, decidida, e insidiosa. Busca áreas de debilidad en la relación, indaga secretamente para encontrar un punto de partida, se desliza hacia delante sin ser vista hasta asegurar una posición, y entonces ataca con toda su fuerza para establecer una fortaleza. Una vez arraigada, la apatía se mueve rápidamente para consumir toda la relación reemplazando el deseo de cercanía con el deseo de distanciamiento. La voz fría y egocéntrica de la apatía se escucha primero en un torrente de malas excusas y finalmente en: “lo que sea, ya no me importa”. La apatía lenta y progresiva que pasa desapercibida resulta en dolor y muerte segura.

Dios no es apático. Su sobreabundante amor (1 Corintios 13:4-8) y gracia son derramados sobre aquellos que creen en Él (Romanos 4:3) y responden en fe a su amado Hijo Jesucristo (Romanos 5:1-8). Por otro lado, Su ardiente ira será derramada sobre aquellos que rechazan Su amor y gracia y en quienes lo odian a Él y a Su Amado Hijo (Apocalipsis 6 – Apocalipsis 19). Dios no se regocija cuando los hombres se pierden por toda la eternidad, Su corazón se quebranta (2 Pedro 3:9). Pero nunca dice: “lo que sea, ya no me importa”.

Jesús no es apático tampoco (por supuesto dado que Él es Dios). Repetidamente era movido a compasión por los que estaban perdidos y las ovejas sin pastor que se encontraban a Su alrededor (Mateo 9:35-36, Mateo 14:14-20, Mateo 20:29-34). Su corazón era continuamente quebrantado por la falta de fe de Su pueblo. Además Su ira era despertada por los hipócritas y los cambistas de dinero que convirtieron la casa de oración de Su Padre en un centro de lavado de dinero (Juan 2:13-17, Mateo 21:12-13, Mateo 23:13-33). Y su amor inigualable por todos fue demostrado en Su camino al Calvario y cuando fue levantado en alto en la Cruz (Mateo 26:51-54, Lucas 23:34). Pero jamás dijo: “lo que sea, ya no me importa”.

Saulo de Tarso no era apático. De hecho era todo lo contrario. Saulo era celoso en todas las cosas, desde su búsqueda por la justificación a través de La Ley hasta su búsqueda de esos blasfemos que él cáusticamente etiquetó como “Cristianos”. Después de su confrontación con el Señor en el camino a Damasco (Hechos 9), el celo de Saulo renombrado Pablo, fue redireccionado a la maravillosa tarea de llevar el mensaje de amor y gracia de Dios al mundo. Su ardiente celo fue también redireccionado a los Judaizantes (Gálatas 1:6-9), a quienes resistía en toda ocasión pues estaban desviando a los hijos de Dios con falsas doctrinas referentes a la salvación. Pablo, un hombre guiado por El Espíritu y escritor de casi todo el Nuevo Testamento, sentía una gran carga de amor por los que están perdidos. Sentía la urgencia de meter a ambos, judíos y gentiles, en “El Arca” antes de que la ira de Dios lloviera sobre un mundo que rechaza a Cristo. Pero Pablo nunca dijo: “lo que sea, ya no me importa”.

¿Estas luchando con el asesino insidioso de la apatía?. ¿Ha entrado la apatía sigilosamente en tu relación con tu cónyuge, tus hijos, o tus amigos?. Entiende que la apatía es un ataque espiritual de nuestro enemigo el destructor y debe ser combatida con las armas espirituales de la oración y la Palabra de Dios.

Si hay apatía en tu corazón necesitas arrepentirte de tu egocentrismo. Ruega al Señor que derribe la fortaleza de apatía en tu corazón (2 Corintios 10:4). Ama a la otra persona como Jesús te ama a ti. Perdona a esa persona como Jesús te perdona a ti. Se clemente con esa persona como Jesús es clemente contigo. Haz a Jesús la persona mas importante en esa relación tripartita (Eclesiastés 4:12) y sigue Su dirección.

Si la apatía esta en el corazón de la otra persona, ora por que el Espíritu Santo suavice su duro y frío corazón y le de la convicción de su egocentrismo. Por tu parte continua amando, perdonando y siendo clemente con esa persona como Jesús lo es contigo. Acércate al Señor y síguelo.

Aun mas aterrador, ¿ha atacado la apatía tu relación el Señor? Arrepiéntete de tu egocentrismo ¡ahora mismo!. Algunas de las palabras mas duras del Señor son para aquellos que han permitido que la apatía mate su relación con Él (Apocalipsis 3:14-22).

La apatía (egocentrismo puro) engendra miseria y mas apatía mientras drena la vida de la relaciones. Es un asesino insidioso. El antídoto para la apatía es Jesucristo y Su amor incondicional y sacrificado. La batalla es espiritual y la batalla le pertenece al Señor. Aférrate a Él y hazlo el centro de cada relación.


Pastor Doug
Jeremías 31:3

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